Volvemos a las trincheras en Sanidad

Estoy aquí para contarles que soy una persona usuaria de silla de ruedas, con movilidad reducida debido a una enfermedad neurológica degenerativa progresiva, hoy en día sin cura alguna.

Tuve el Covid hace 3 o 4 semanas y lo que me dejó fue mucha tos y mucho cansancio… pero llegó un momento en que todo eso remitió.

A las pocas semanas, un domingo concretamente, empecé a sentirme muy muy cansado, sin hacer absolutamente nada y dije “voy a ponerme el pulsímetro y a levantarme de la cama”. Acabante de levantar, ir al baño y estar ya las pulsaciones de 110 y 120 pulsaciones en reposo, con 98/99% de oxígeno.

Llegó el lunes y amanecí igual. Y viendo que no se me quitaba, y debido a mi patología de base, que es la Ataxia de Friedreich y todas las consecuencias que ella ha traído; en este caso me tocó al corazón; operado desde el 2017 con un implante de un DAI, que es un desfibrilador autoimplantable y que, gracias a él, el corazón sigue bombeando y, de momento no me ha dado ninguna chispa de corriente.

Eso fue el domingo y como digo, el lunes me levanté exactamente igual y le dije a mi mujer: “Ángeles, llévame a Urgencias del Hospital Universitario de Canarias”, que aunque no me pertenece, pues tengo todos los médicos que me llevan allí… traumatólogo, neurólogo, neumólogo, cardiólogo… voy allí desde hace muchísimo tiempo, cuando tenía 25 años, que fue el momento en el que me diagnosticaron la enfermedad que padezco y me dijeron que hasta los 30 años era la media de vida (55 años en la actualidad). Pero volvamos a este día en cuestión…

Entro por Urgencias, me lleva mi mujer a la entrada y me preguntaron que me pasaba; entro y me hicieron sobre la marcha un electro –que les tuve que decir que iba a salir una fibrilación auricular y, efectivamente…–; me meten para adentro y en el pasillo habían más de 50 personas… todo esto les estoy contando que fue a las 3/3 menos diez de la tarde… en un pasillo, sentado en una silla de ruedas –que no era la mía–, sin cojín ninguno y allí estuve viendo pasar las horas, una tras otra… Gracias a un señor muy amable que también estaba esperando y que de vez en cuando me llevaba al baño (no adaptado) y de resto allí sentado, como todos los que estábamos allí; había gente que llegó después que yo y había gente que estaba muchísimo antes que yo allí… pude comprobar que son un desastre… un desastre de organización, un desastre de protocolo, no hay un protocolo de actuación para nada. Cuando alguien llega a Urgencias deberían de decir “oye, este va para Rayos”, “este tiene que esperar por un médico” … pero es que lo que hacen es decirte: “vaya y póngase allí, en la cola del pasillo a esperar”.

Como les he dicho, ya venía asfixiado de casa y así entré en Urgencias… En ningún momento me pusieron oxígeno y durante todo ese tiempo vi como había personas que llevaban más tiempo que yo –mucho más– sin atender y que pedían sus altas voluntarias (a algunos se las hacían y a otros, como tenían que pedirlas y los que tenían que firmar tardaban mucho, se iban sin sus papeles de alta).

Durante todo ese tiempo también vi que había discusiones entre ellos –“que, no… que a este cubículo no”, “que en este otro cubículo hay una persona”– y así varias veces, cosa que vimos todos los que estábamos allí presentes, y también hubo peleas por las pruebas médicas.

Después de unas cuantas horas, me habían dicho que mi mujer estaba avisada –cosa que no es verdad–; le habían dicho que estaban esperando a que me valorara el médico y que, mientras estaba esperando, me habían tenido todo el tiempo con una mascarilla de oxígeno. ¡Mentira pura y dura! ¡Nada de oxígeno y nada de nada! Y la información más bien fue poca y nada de verdad…

Y bueno, después de tanto tiempo, armándome de valor y de paciencia llegué a las 2 y 10 de la madrugada –¡11 horas para que me atendieran por primera vez! – la gente que trabaja allí, muy buena, pero con una falta de medios, falta de recursos y, lo que decía antes, falta de organización y protocolos de actuación.

A esa hora, me meten en un cubículo, me transfieren a una camilla entre dos auxiliares y, a las 2 y cuarto apareció la doctora de guardia que había y me atendió. Bueno, me atendió… me auscultó por la espalda y me hizo varias preguntas y me dijo que, antes que nada, lo que había que hacer era ver las pruebas; me mandaron a hacer una analítica, tanto de orina como de sangre y unas placas. Vale, me dicen eso y me traen una manta para que me la ponga por encima y, cuando se van, cierran la puerta del cubículo y me dejan una de las barandillas de la cama bajada… allí te caes o te pasa algo y te quedas en la camilla, nadie se entera porque ni timbre ni nada para poder avisar.

Al rato, llegaron, me trajeron unos tubos de sangre para la analítica y, a los 5 o 10 minutos, me llevaron para hacerme unas placas de pecho. Y hasta ahí lo que me hicieron.

Después de todo, con gente muy amable y todo lo que tú quieras, pero al final son ellos los que están cara al público y son los que, desgraciadamente, se comen todos los marrones.

Me llevan a hacer las placas y, una vez finalizadas las placas, me dejan otra vez en la misma camilla y otra vez en el pasillo como a otras tantas personas; a todo esto, sin comer y sin beber y sin nada puesto –un suerito, aunque sea–: ni máscara de oxígeno, ni control de las constantes, ni nada de nada.

Tenía que haberme tomado el Sintrom, pero llevaba varios días sin podérmelo tomar por lo mal que me encontraba y, a las 4 y media de la madrugada me pasaron a la sala habilitada de observación que tienen ellos –donde tienen varias camas– y a una de ellas me pasaron a mí. Ya en ese momento estaba mucho más cómodo –faltaría más– y en esa cama me pasé todo el lunes, todo el martes y hasta el miércoles por la tarde, cuando me dieron de alta –¡y salí como una escopeta!–.

A todas estas, la doctora de guardia vino y me dice inmediatamente que en un momento avisaban a mi mujer y que la habían informado de todo… y yo me quedé totalmente tranquilo –el martes por la tarde confirmé con mi mujer que en ningún momento la habían llamado y recuerden que antes les conté que en la tarde del lunes también me habían dicho que le habían dicho que estaba con máscara de oxígeno y que me habían atendido pero ni las constantes me las estaban controlando–; las constantes más bien era yo el que les iba diciendo que me las tenían que mirar; respuesta del enfermero: “aquí las constantes se miran una vez al día y a partir de las 7 de la tarde, a no ser que sea un caso excepcional que hubiera que mirarlas”.

Y bueno, lunes por la noche dormí –de lo agotado que estaba– y no me miraron más las constantes en ningún momento, no me pusieron oxígeno, no me pusieron un suero pero si me pusieron tres tipos de aerosoles diferentes y en la mañana del martes, la doctora me dijo que me iba a dejar ingresado hasta el miércoles y que si el miércoles no mejoraba, pasaría a planta; me quitó totalmente los aerosoles, me pusieron un paracetamol cada ciertas horas –no sé para qué– y me pusieron un medicamento –un diurético– para orinar –que era efectivo porque cada 5 minutos estaba orinando–.

La comida del HUC, a mi particularmente, me parece muy poca comida –no me gusta– y además te ponen la comida fría –a mí me llegaba fría, tanto la carne como el pescado–; las cremas más bien son potajes enteros –de calabaza, de verduras o incluso uno de lentejas– pero no comestibles, o por lo menos, no comestibles para mí. También me pusieron melón, galletas, manzana… cosas que por lo menos si podía comer… el pan muy desabrido –como la madre que lo parió– pero me lo comía –cuando el hambre aprieta…–

Y bueno, hablando al final con la doctora, me dice que estaba pendiente de que me valoraran los cardiólogos… A todas estas, mi mujer, que me había dejado en Urgencias y se había ido para casa, debido a que no la habían llamado –supuestamente sí, pero no la habían llamado– a las 9 y media cogió el coche y se desplazó desde casa hasta el HUC nuevamente y el martes le dijeron que, aparte de que me estaban poniendo oxígeno –que seguía siendo mentira–, que me había valorado la doctora, que estaba a expensas de los cardiólogos y que me iba a quedar ingresado… El martes por la tarde esperando la visita, ella pudo entrar y nos llevamos la sorpresa de que no se había enterado de nada hasta que había llegado y empecé yo a contarle.

Viví allí las circunstancias de ver cómo somos muchos, muchas personas y poco personal, pocos recursos y el personal que estaba era escaso –a lo mejor un enfermero, dos auxiliares y mucha gente que atender–; aquí tengo que decir que ellos hacen lo que buenamente pueden e incluso más. También viví algunas discusiones entre ellos como comenté antes, tenía que estar yo pendiente de mi medicación para que me la dieran y no me dieran otra, como pasó por ejemplo con el famoso Sintrom que me lo tenía que tomar y no había manera y el día que me lo dan, me lo dan entero cuando ese día me tenía que tomar solo medio. Mucha agua, eso sí, mucha agua para tomar.

El martes de madrugada –eran como la 1 y media de la madrugada– me dan un paracetamol y me ponen también el Seguril –el diurético que funciona tan bien que me pasé toda la noche orinando–. ¿Qué me pasó? Que me dejé dormir y de repente me desperté con unas ganas de orinar terribles; fui a coger la botella de la mesita, pero el tubo del suero era tan chiquito que la vía que tenía en el brazo salió disparada… estuve un rato allí sangrando y sangrando –se mancharon todas las sábanas y la bata– y mojé el resto de la cama –por el suero que se estaba saliendo por la vía–; allí no hay timbre, en esa sala de observación, para poder avisar. Gracias a que la hija de un compañero paciente –que estaba en la cama de al lado y que se había podido quedar toda la noche con él– y le dije que si podía hacer el favor de avisar… vino la enfermera y yo allí, con los chorros de sangre… me curó la mano, limpió el codo y me dijo: “ahora mismo vienen los auxiliares para cambiarte”… espera que te espera, me dejé dormir de nuevo y, a las 6 de la mañana, que me despiertan para medirme el azúcar, veo que nadie había venido a cambiarme las sábanas ni la bata… se lo volví a decir a la enfermera, le dije que esto no eran maneras de tener a una persona, mojada durante toda la noche… y me dicen de nuevo “ahora mismo aviso a los chicos para que te cambien”. Ya había aguantado tanto todo eso que lamentablemente el turno que entraba después fue el que se comió el marrón; les dije lo que me había pasado y me dijeron que eso no era posible, que así no podía tenerse a una persona y, una de las enfermeras que había entrado fue a avisar al supervisor. ¡Un supervisor que nunca llegó a venir!

Bueno, lo pasado, pasado está y tampoco quería que la enfermera que acababa de entrar fuera a caer; les dije que iba a poner una reclamación –lógicamente– pero para eso tendría que ir al edificio “grande”. Al final, decidí no ponerla porque le iba a caer a esta enfermera que se había portado muy bien, como su equipo. Pero, en fin, otro punto negativo para contar.

Miércoles por la mañana viene la doctora, me vuelve a auscultar, me hace varias preguntas y ante la mejoría que había tenido ¡sin medicación específica, ni controles, ni tensión, ni frecuencia, ni ni…! –bueno si, controles de azúcar, cuando yo no he tenido azúcar en mi vida nada más que dos veces y puntuales–.

Otra cosa negativa. Sigo diciendo que no hay un protocolo de actuación cuando viene una persona con discapacidad, por ejemplo, con movilidad reducida como yo o ciega o sorda; yo tuve que decir desde el primer día –y todos los días– que soy una persona con movilidad reducida porque no tenían ni idea a la hora de levantarme o a la hora de ir al baño –me decían que cuando quisiera podía ir al baño– y yo les decía que necesitaba ayuda y me decían que por que… yo les decía que si me agarraba podía mantenerme un poco de pie, cosa que les demostré –el primer día en el hierro de la cama y el segundo día que me duché en la ducha, obviamente con la supervisión de la auxiliar–. El personal entraba por las mañanas y era yo quien les decía que tenía movilidad reducida –no puedo hacer esto, no puedo hacer lo otro–…, o sea, ¡no tenían apuntado por ningún lado que tenían a una persona con movilidad reducida! Y eso que en el mismo cubículo había otro chico –que tenía escaras en el culo– que era lesionado medular –el chico también les decía como le tenían que coger………………….

Así que, no se… yo me enfoqué en la mejor forma de solucionar todo esto; primero, los recursos que faltan que los pongan, en vez de gastarse el dinero en fiestas y en un circuito de motor, que hay mucha gente pasando hambre, gente que no tiene recursos para comprarse una silla de ruedas o una silla de baño simplemente; otra cosa es que faltan recursos, falta personal… eso sí que lo vi de primera mano que en todos lados falta mucho personal, no dan a vio los pobres. Como se dice “hay de todo en la viña del Señor” pero si por la falta de medios no se puede atender a las personas con dignidad, hay que poner solución a eso.

Y sobre todo los protocolos; los protocolos son muy importantes. Desde que entras en Urgencias, yo creo que si evalúas a las personas y las derivas a donde tienen que ir no se formarían los follones que se forman en los pasillos –venga, todos al pasillo y al pasillo… recuerden que les dije que hubo personas que pidieron la alta voluntaria por no ser atendidos con dignidad–.

Por eso he titulado este texto “Volvemos a las trincheras” porqué de nuevo tuve que vivir, otra noche más, mi guerra.

Ahí se tienen que reunir el Gobierno Central, el Gobierno de Canarias y ver las evaluaciones de los hospitales, que les falta a los hospitales canarios y ver que se puede mejorar.

Y menos mal que tenemos Salud Pública, que dicen que es de las mejores de España y del mundo –en Estados Unidos, por ejemplo, que no hay Seguridad Social, no quiero ni imaginar cómo se las tienen que idear–.

Está claro, que también lo viví, que si no tienes “perras” y sobre todo “padrinos” dentro mismo de la “casa” pues… porque tuve la oportunidad de ver a personas ingresadas y que las atendían sus hijos, a sus yernos, trabajando allí en el Hospital y moviéndose y relacionándose muy bien con los médicos y tú ver, delante de tus narices, como están las cosas a tu alrededor… ¿Qué si yo lo haría si tuviera la oportunidad? ¡Pues claro que lo haría también! ¿Qué duele verlo allí de tan descarado que lo hacen? ¡SI! pero yo lo haría.

A todas estas, el miércoles a media mañana les conté mi evolución y me mandaron a hacer una analítica y dependiendo de esa analítica me iba para casa; a las 6 de la tarde, más o menos, ya estaba de vuelta en casa, que es donde mejor se está.

Sigo actualmente con ese cansancio profundo… no de falta de oxígeno, pero sí de cansancio profundo… sigo con mi medicación normal, el inhalador que me mandaron y esperando al día X que tengo revisión del DAI y al día XX que tengo con cardiología, así que toca esperar.

Así que estoy de vuelta de las trincheras… pero eso sí ¡nunca me rendiré! ¡y vamos pa’lla!

 

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